15 de marzo de 2017

Amigo imaginario | Pablo Delgado (Alajuela, Costa Rica)

Ilustrado por Mauricio Álvarez

William, amigo, te escribo este correo suplicándote tu ayuda como profesional de psicología infantil, ya que he perdido toda esperanza de poder solucionar este asunto yo solo. Algo ha sucedido con mi hijo, que me ha provocado un espantoso terror hacia él. Te pido que no tomes este correo como una broma de mal gusto, y que creas fielmente en lo que voy a contarte, ya que admito que yo mismo no creería las palabras que estoy escribiendo.
La situación comenzó hace una semana exactamente. Michael estaba como la última vez que lo viste, de duelo por la muerte de su madre. Yo le daba sus medicamentos según la receta, pero seguía sin hablar, y muy distante.
Me encontraba lavando los platos de la cena, cuando me pareció escuchar la voz de un niño, seguida de risas. Me costó unos minutos reconocer que se trataba de la voz de mi hijo. Muy feliz me dirigí a su habitación y, sin entrar, me quedé un rato escondido detrás de la puerta, escuchándolo. Me pareció extraño porque era como si estuviese conversando con alguien más, lo cual me asustó, y entré inmediatamente. 
—¡Lo espantaste! —me dijo, algo molesto.
—¿A quién? —le pregunté, con una gran sonrisa en el rostro, pero con algo de preocupación.
—A mi amigo.
En ese momento comprendí que se trataba de un amigo imaginario, lo cual me tranquilizó mucho.
—¿En serio tienes un amigo? —él asintió con la cabeza sin cambiar su expresión de enfado. —¿Y cómo se llama tu amigo?
Él me miró como si yo hubiese dicho algo absurdo:
—Los ghuol no tienen nombre papá.
—¡Un ghuol!, ¿qué es eso Michael?
Él me mostró un dibujo.
Era una mancha de color gris oscuro que no poseía una forma de definida, con dos grandes puntos rojo que daban la impresión de ojos. Aunque era el garabato de un niño de cinco años, ese dibujo me provocaba una angustia tan grande que no sé cómo explicarte. Michael tomó la hoja y la pegó en la pared, al lado de la cama. 
Al día siguiente, como de costumbre, me levanté temprano y alisté el desayuno. Michael también se levantó y se dirigió directo a la mesa.
—Michael —le dije—, ¿le sirvo desayuno a tu amigo?
Él me miró muy serio.
—¡Papá! Los ghuol sólo comen cadáveres.
Ese comentario me asustó hasta el punto que dejé caer el vaso que sostenía en mi mano; pero luego pensé que era una tontería de niño, que tal vez lo había oído en algún programa de televisión y que seguramente era una repuesta que todos los padres alguna vez habrían oído. Cómo me arrepiento de no haberle prestado atención antes, de no haber tratado de hablar con él, de pedirle una explicación.
Durante el resto de la semana todo trascurrió normalmente, hasta el día de hoy por la mañana. Michael se encontraba en el patio posterior junto a un árbol, riendo y hablando con su nuevo amigo, mientras yo ordenaba la casa.
Entonces un fuerte olor llamó mi atención. Era un olor rancio, agrio de descomposición. Dejé de barrer para averiguar de qué se trataba esa peste. Al llegar a la sala, noté que venía del segundo piso, donde se encuentran nuestras habitaciones. Escalón tras escalón, el hedor se volvía cada vez más insoportable, hasta el punto en que tuve que detenerme, debido a las náuseas que me causó. Regresé a la cocina y remojé un trapo con desinfectante para colocármelo en la cara. Subí de nuevo las escaleras. Aquella fetidez parecía venir del cuarto de mi hijo. Pensé que se trataba de algún ratón muerto. Cuando estuve en el umbral de la habitación, me topé de frente la hoja con el macabro dibujo de Michael, que seguía pegada en la pared. Los diabólicos ojos de la criatura parecían mirarme. Eso me causó una gran angustia, al pensar en los hechos ocurridos en los días anteriores.
Rápidamente busqué por toda la recámara la fuente del hedor. Cuando ya no me quedaban más opciones, miré la cama de mi hijo. Me coloqué a un lado de la cama y observé el dibujo. Los rojos ojos parecían seguirme mientras me arrodillaba. Me agaché hasta que mi oreja tocó el frío piso de madera. Con mi mano retiré la sábana, y lo vi.
Quedé horrorizado y asqueado. Te juro, mi amigo, que hubiese preferido nunca haber mirado debajo de la cama de mi hijo; preferiría haber ignorado aquel olor y vivir mi vida en la ignorancia, pues bajo la cama se encontraba un pie humano en alto estado de descomposición. Sabía que era de mujer porque tenía las uñas pintadas. Lo que más me aterró fue pensar en lo que había ocurrido tres días atrás, cuando llegué a casa y me encontré a Michael solo. Le pregunté por su niñera (doña Marta) y él no me respondió; sólo se quedó mirado el televisor sin decir una sola palabra.
En aquel momento supuse que ella había tenido alguna emergencia, porque nunca me había quedado mal en los dos años que tenía de cuidar a Michael. Traté de llamarla por teléfono, pero no obtuve repuesta. El día de ayer tuve la visita de dos agentes de la policía que se encontraban investigando la desaparición de doña Marta. Me comunicaron que ella nunca volvió a su casa. Les comenté lo que sabía, y ellos registraron toda mi casa sin éxito.
Envolví con un trapo aquella cosa putrefacta. Al levantarme del suelo, tuve una horrenda sensación, como si alguien me mirara con odio. Dirigí la vista hacia el dibujo, y este parecía tener los ojos de un color rojo más intenso. Era como si estuviese molesto por lo que yo estaba haciendo. Salí aterrado de la habitación y enterré el pie en el patio.
Por eso es que te pido ayuda, querido amigo. Ya no sé qué pensar; lo que me sugiere la lógica es tan aterrador que prefiero darle crédito a la fantasía. He tratado de localizarte por teléfono, pero ha sido imposible. Por eso es que te escribo; tengo la esperanza de que lo leas antes de que suceda algo terrible. Michael se encuentra durmiendo en su cama, mientras yo te escribo. Lo he mandado a que se acueste solo, porque me da pánico mirar aquel dibujo.  
Te confieso que temo por mi vida. Siento que, si me quedo dormido, jamás despertaré. Por favor, amigo; te suplico que vengas a mi casa antes que sea demasiado tarde.