7 de mayo de 2017

Los rostros | Daniel Carrillo (Valdivia, Chile)

Ilustrado por Ren

Hasta esa noche, lo único que existía entre ambos había sido indiferencia. Jamás habían intercambiado palabra alguna, apenas sí una mirada volátil, de esas que se desvanecen al más mínimo respiro.
Ese sutil encuentro había ocurrido un par de meses atrás en la biblioteca, cuando él buscaba con ansias un ejemplar del “Drácula de Polidori”.  Así fue como lo dijo “el Drácula de Polidori” recibiendo una inmediata réplica desde detrás del mesón:
─No existe el Drácula de Polidori joven ─le dijo el bibliotecario.  ─El libro que busca se llama El Vampiro, o si no derechamente se trata de Drácula, pero de Bram Stocker. ¿Me sigue?
─Sí, me equivoqué, el título que busco es El Vampiro. Lo siento.
─Bueno, esa señorita de calzas blancas y negras que parecen un tablero de ajedrez, la que va subiendo por la escalera, ella se lleva el único ejemplar disponible.
Vladimir alzó la vista hacia la muchacha que ascendía con pasos delicados en dirección a la salida. A pesar de que la vio de espaldas, pudo adivinar que llevaba el libro apegado a su regazo. No le quitó los ojos de encima hasta que llegó al último escalón. Antes de perderse, ella lanzó un vistazo casual, nada premeditado, hacia atrás. Sus miradas se encontraron por apenas un segundo y la vida de ambos prosiguió su curso como si nada hubiera ocurrido.
Por esos días el invierno recién comenzaba, pero la luz ya estaba manchada desde temprano por el gris agónico que hace los días más cortos, despertando la nostalgia por el sol. Algo parecido a lo que debió sentir Polidori cuando escribió El Vampiro, pensó Vladimir esa tarde, de vuelta a casa con las manos vacías. Claro que el inglés de apellido italiano escribió su relato en verano, más precisamente durante el falso verano de 1816, cuando por culpa de la erupción de un volcán en Indonesia el sol se ocultó y las temperaturas bajaron estrepitosamente en gran parte del Hemisferio Norte.
Esa tarde, exactamente dos siglos después, Valdivia también estaba fría, al igual que la noche en que ambos se reencontraron, ahora ya en primavera, en medio de una fiesta de Halloween.
La coincidencia en sus disfraces hizo imposible que no se miraran. Porque a pesar de lo manido de esos personajes, eran los únicos vampiros y vampiresas en todo el local. Eso llamó de inmediato la atención de Vladimir, quien con indisimulada curiosidad se acercó a la muchacha: la excusa estaba a la vista, y era perfecta.
Elizabeth era su nombre, y apenas le escuchó pronunciarlo, con los ojos sombreados fijos en los de él, Vladimir recordó el episodio de la biblioteca y asoció ese rostro rebosante de maquillaje que tenía en frente con la fugaz visión de la chica que una tarde le arrebató a Polidori.
Lo del disfraz, y luego lo del libro, les dio tema para hablar casi toda la noche. Compartieron un par de tragos, bailaron, y a medida que avanzaban las horas Vladimir fue sintiendo que no podía despegarse de su lado ni dejar de mirarla.
Mientras esperaba que Elizabeth regresara del baño, Vladimir se sumió en el sentimiento de querer estar para siempre con ella, sensación insuflada por el ron y la cerveza, y por la intuición de compartir un secreto y conocerse de toda la vida, o incluso desde antes.
Los dedos de ella sobre su hombro lo sacaron de golpe de sus cavilaciones. Ella le habló, pero tuvo que repetir dos veces la invitación porque Vladimir había quedado absorto en ese telón de fondo que era su boca, sus labios gruesos y burgundy. De la mano, fueron hasta la cabina de fotos que estaba en un rincón y sonrieron a la cámara, pegando sus mejillas. Luego se besaron y volvieron a la pista de baile hasta que poco a poco las luces se fueron encendiendo y la fiesta terminó.
A pesar de que el amanecer estaba próximo, la noche no retrocedía en su reinado inhóspito, frío y oscuro. Como guiados por los halos de vapor que huían de sus labios, llegaron lentamente y en silencio al paradero de colectivos. Se subieron a uno y, sin soltarse de las manos, se besaron frenéticamente, buscándose no solo los labios, sino que también el cuello, mientras las calles pasaban como bocetos borroneados en medio de la niebla.
De pronto un semáforo, el chofer los mira por el espejo algo incómodo, la luz cambia a verde y es casi un mismo acto el retomar la marcha y recibir la embestida por el costado.
Vladimir y Elizabeth, las manos todavía unidas a pesar del impacto y de los metros recorridos, quedan inmóviles, tendidos sobre el pavimento.
Del bolsillo de él asoma una fotografía. Son ellos dos en la cabina de polaroids, pero sus rostros están desencajados y sus sonrisas más parecen muecas de un dolor apenas contenido. El maquillaje descorrido por lágrimas invisibles les da un toque aun más grotesco. La cara de él surcada por un corte desde la sien derecha hasta el arco de cupido, la de ella con un pómulo hundido y la piel quemada.
Como si la imagen no terminara de fijarse por completo en el papel, en la foto de pronto brotan manchas carmesí desde las bocas de ambos, y sus ojos, vacíos y fijos en un punto más allá de la vida, terminan por cerrarse.