3 de junio de 2017

Michael | Claudio Yunge (Coyhaique, Chile)

Ilustrado por Ren

Cada vez que se acercan las festividades navideñas, me acuerdo del Michael. Él fue mi compañero de curso en el liceo, y a pesar de que compartíamos a menudo gracias al fanatismo que nos unía por las películas bizarras (por ejemplo, nuestro filme predilecto era Braindead de Peter Jackson, una tormenta de sangre y tripas del mismo director que luego haría películas taquilleras como El Señor de los Anillos), no puedo afirmar que éramos amigos. Por esta razón es que cuando sucedió ese incidente en su casa, un veinticinco de diciembre cualquiera, y la policía vino a interrogarme a mi casa no supe que responderles. Me desconcertó su visita inesperada, porque el único lazo que tenía con Michael era el del intercambio de devedés que hacíamos de tanto en tanto.
Aunque con el tiempo comprendí porque la policía me había buscado a mí, dentro de todo el universo posible de interpelados: en realidad, el Michael no tenía amigos. De hecho, durante su paso por el colegio siempre fue muy retraído. Se pasaba todo el día con los audífonos puestos, inclusive en algunas clases. No le dirigía la palabra a casi nadie, y su particular personalidad terminó siendo motivo de burlas en el curso. Le decíamos el “Michael Myers”, lo que causaba pánico en nuestras compañeras, quienes lo veían como un psicópata en potencia, capaz de asesinar hasta sus padres sí fuera posible. Sumado a este escenario de soledad parcial, Michael no tenía demasiado contacto con sus familiares. Sus abuelos que aún estaban vivos, como también sus tíos y sus primos, vivían en una ciudad del extremo norte del país, y no tenían mayor cercanía con los padres de Michael, salvo por unos llamados telefónicos que se concretaban en ocasiones excepcionales. Esto último me lo relató la policía cuando me vino a interrogar, ya que yo era, según sus palabras, lo más cercano a un “amigo” suyo que habían podido encontrar en los alrededores de la ciudad.
Yo aún no sabía que cresta estaba pasando. En la televisión todavía no se estaba esparciendo “el caso Michael”, como luego sucedería en los reportajes que aparecerían intermitentes en cada noticiero del país. Después de unos minutos donde les conté en qué consistía mi afiliación con Michael, donde de paso intenté caracterizar su personalidad con el mayor lujo de detalles posible, los policías se decidieron por contarme el porqué de su irrupción. De sólo recordar el relato de los uniformados se me pone la piel de gallina, pero haré mi mejor intento por reconstituir la macabra situación.
A finales de diciembre, días después de la navidad, algunos vecinos de la casa de Michael comenzaron a sentir un olor putrefacto polucionando el aire del barrio. Luego de un momento donde buscaron por el epicentro de tal pestilencia, llegaron a la conclusión que este no podía provenir de otro lugar que no fuera el hogar de Michael. Procedieron a tocar las puertas y las ventanas de la casa, esperando a que alguien saliese, pero nadie acudió al llamado. Una de las vecinas recordó que no había visto actividad dentro de ese hogar, por lo menos de hace un par de días, pero ella reconocía que no le daba mayor relevancia al asunto porque asumía que la familia de Michael había salido de viaje. Que todas las cortinas de la casa estuvieran cerradas confirmaba su sospecha. Pasado un período de silencio e incertidumbre entre los vecinos que se habían reunido improvisadamente afuera de la vivienda de Michael, estos se decidirían por volver a sus hogares, con la vaga esperanza de que la fetidez reinante en el ambiente fuera a diluirse durante la tarde.
No iba a ser así, y unas horas después, cuando el hedor putrefacto era tan insoportable que empezaba a inducir a las náuseas, un vecino molesto con la pestilencia se decidiría por darle termino a la incómoda situación. Luego de estar forcejeando con la puerta principal del domicilio de Michael por unos instantes, de una feroz patada la terminaría botando, encontrándose con el horrido espectáculo que le esperaba. De la conmoción ante lo observado, el hombre saldría despavorido del hogar de Michael. Sometido ante las preguntas del resto del vecindario, este no hallaba las palabras exactas para describir lo que había tenido la desgracia de contemplar, e histéricamente le pedía a los vecinos que llamaran de manera urgente a la policía. Mientras tanto, aunque la curiosidad se inflamaba entre el gentío reunido afuera de la casa, nadie pondría un pie en esta vivienda, hasta que llegaron los carros policiales.
Lo que se encontraron los policías, tal como me lo relataron ellos, era la viva recreación de un fotograma de esas rancias películas gore que solía comentar con el Michael en los recreos. Entre la oscuridad y la putrefacción que cubría al hogar, lo primero con que se toparon los uniformados era una imagen tan mórbida, que estoy segurísimo en que jamás la pudieron olvidar: en el living de la casa hallaron un árbol de navidad, pero este no era un pino navideño cualquiera; cubierto por una cascada de moscas, el artificial árbol era una esquizofrénica obra de arte. De sus ramas colgaban verticales unos intestinos que como guirnaldas decoraban el espacio del árbol. Jirones de piel y de carne habían sido también colocados en el pino como una especie de diabólicos chiches, o más bien, como la ofrenda de un carnicero loco ante un monumento inexistente de su gremio. La guinda de esta tétrica torta la ponían los brazos y pies mutilados que yacían en el árbol navideño, sin saberse aún de la procedencia de estas extremidades.
Pero luego del comprensible shock inicial entre los policías (uno de los prefectos no habría aguantado el asco de lo presenciado, y terminó vomitando en la alfombra del living), algunos de los uniformados terminarían hallando una escena aún más repulsiva, y que explicaba el origen de las partes humanas tendidas en el pino navideño. En la cocina, donde provenía la mayor fetidez, encontraron lo que quedaba de la anatomía de los padres de Michael. Sus cabezas reposaban rígidas sobre una mesa, y en una bandeja que parecía haber estado en el horno con anterioridad, estaban revueltos unos cuantos órganos y otros tantos huesos humanos. Al parecer, quien había cometido la masacre de los padres de Michael, también había festinado con sus cuerpos como si fueran su pavo navideño.
No había señales de Michael en la vivienda, ni en sus inmediaciones, y esta razón había empujado a los policías a una búsqueda frenética, siendo esta indagación la que los llevó a interrogarme. Más apremiante resultaba encontrarlo, ya que los forenses investigando los restos de sus padres, habían determinado que Michael era el único responsable de su asesinato. Se creyó que por algún motivo podía haber arrancado hacia el norte, donde vivían sus familiares, pero finalmente lo hallaron debajo de un puente de la ciudad apaleando a un mendigo, mientras intentaba robarle el poco dinero que poseía y una bolsa con neoprén.
Sobre las razones que llevaron a Michael a acribillar a sus progenitores de esa forma, estas nunca se supieron con claridad. En el juicio de formalización fue declarado demente y posteriormente se le encerró en un manicomio perdido por un frondoso bosque sureño. Las consecuencias mediáticas de este hecho serían tan patéticas como la matanza misma: en los medios de comunicación se culpaba a las películas violentas por llevar a los jóvenes a cometer estas atrocidades, los reportajes televisivos que se exhibían en el horario prime de los canales nacionales eran éxitos de sintonía, y la abogada defensora de Michael, a quien se sindicaría como la mayor responsable de que el psicópata estuviera en un sanatorio mental en vez de una cárcel de alta seguridad, comenzó a adquirir una popularidad progresiva que la llevó a conducir un patético show de pseudo audiencias judiciales, transmitido después de la hora de almuerzo.
Por mi parte, lo único que supe respecto al incidente fue lo que me contaron los policías. Ni siquiera visité la casa de Michael después del crimen, aunque se rumorea que por ahí en la deep web se filtraron algunas fotos correspondientes a las macabras escenas encontradas en el domicilio. Nunca he querido indagar por estas imágenes; si una moraleja pude extraer de todo esto es que no iba a cooperar en la desensibilización que rodeó la cobertura del “caso Michael”. Así como ha sucedido con tantas otras explosiones de violencia que azotan nuestras pantallitas planas cada cierto tiempo.